Las Supersticiones, Amuletos y Rituales Marineros de Buena Suerte
San Isidro, Argentina
CVPB - Jorge Messano
11-Jun-2026
15 minutos
¿Qué Es Una Superstición?
El diccionario de la Real Academia Española define superstición como la "creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón", entendiendo por tal cualquier convicción que atribuye efectos reales a causas que la razón y la experiencia no pueden verificar.
El ritual del juego de cartas de los astronautas de la NASA.
Y si lo vemos desde una perspectiva antropológica, podemos reconocer a las supersticiones como una de sus expresiones más antiguas y universales. Todas las culturas conocidas, en todos los tiempos, han desarrollado sistemas de creencias destinados a influir sobre aquello que escapa al control humano. Y esto pasa inclusive al nivel de los humanos más formados, de los que menos se esperaría que prestasen atención a las supersticiones. Por ejemplo, hace pocas semanas hemos visto a la tripulación de la misión "Artemis II" de la NASA repetir el ritual del juego de cartas antes de abordar la nave. La tradición exige que, antes de abordar la nave, la tripulación debe ponerse a jugar algún juego de cartas hasta que el comandante de la misión pierda una mano, signo que ha dejado su mala suerte en la mesa.
El Ritual Como Herramienta Psicológica
La superstición parece operar en el espacio que la certeza no puede cubrir. Donde el conocimiento termina y la incertidumbre comienza, el ser humano ha tendido, invariablemente, a llenar ese vacío con gestos, palabras y rituales que le devuelvan alguna noción de influencia sobre su destino.
La psicología moderna ha estudiado en profundidad por qué los seres humanos recurren a rituales y conductas supersticiosas, especialmente en situaciones de alta incertidumbre o riesgo. El psicólogo B. F. Skinner describió ya en 1948 cómo organismos sometidos a refuerzo aleatorio tienden a desarrollar conductas repetitivas, como si existiera una conexión causal donde en realidad solo hay coincidencia. Décadas después, investigadores como Stuart Vyse y Lysann Damisch demostraron que los rituales de buena suerte ejecutados en condiciones de estrés, mejoran objetivamente el rendimiento, probablemente porque reducen la ansiedad y aumentan la confianza en las propias capacidades.
Dicho de otro modo: aunque el cambio de nombre de una embarcación es un mero trámite administrativo que no implica riesgo alguno, un marinero hecho y derecho no estará tranquilo ni siquiera sabiendo que se han cumplido con todos los ritos para contrarrestar la mala suerte que ese trámite, sin lugar a dudas, ha puesto en marcha.
Siguiendo en esa línea de pensamiento, pocas actividades humanas han colocado al hombre frente a la incertidumbre de manera tan radical y sostenida como la navegación. Durante la mayor parte de la historia, zarpar significaba adentrarse en un entorno que no perdonaba errores, donde la destreza y el conocimiento eran condiciones necesarias, pero no suficientes. En ese contexto, las supersticiones y los rituales marineros nacen como respuestas perfectamente comprensibles ante lo incontrolable. Son como una especie de placebo psicológico que, con el tiempo, termina convirtiéndose en una tradición, más que nada, por las dudas.
El Inventario de las Supersticiones
Repasemos las cosas que invocan a la mala suerte y los rituales para atraer la buena suerte.
Cosas a Evitar para Prevenir la Mala Suerte
Los Paraguas
La formulación es simple y consistente en todas las tradiciones marineras: llevar un paraguas a bordo trae mal tiempo.
Paraguas a bordo.
En algunas versiones basta con subirlo al barco; en otras, la maldición se desencadena específicamente al abrirlo, acción que asegura un desastre meteorológico. Esta segunda versión, más restrictiva, tiene un paralelo directo con la superstición terrestre de abrir el paraguas bajo techo, lo que sugiere, quizás, un origen compartido o una contaminación cruzada entre ambas tradiciones.
No hay antecedentes mitológicos respecto de esta superstición pero sí es rastreable su origen a los marineros europeos de los siglos XVIII y XIX. Esto se debe seguramente a que el paraguas impermeable que, si bien existía desde ya hace mucho tiempo en lejano oriente, se populariza en Europa recién en el siglo XVIII, donde luego nace la superstición.
La explicación más difundida acerca de la "peligrosidad" del paraguas a bordo es de lógica simpática o, en castellano más claro, de "tentar al destino": como los paraguas se usan con lluvias y mal tiempo, llevar uno a bordo equivaldría a invocar a esos mismos fenómenos.
Un dato interesante.
En la Marina Británica existe la tradición de que, si uno sube a bordo con paraguas, el capitán lo echa inmediatamente. Esto da a la superstición un carácter casi reglamentario en ese contexto, aunque tampoco allí hay una explicación histórica documentada de su origen exacto.
Las Bananas
Esta es una superstición un tanto desconocida en la navegación deportiva y recreativa de muestro litoral, pero extremadamente vigente en Estados Unidos, el Caribe y algunas regiones de América Central, especialmente entre pescadores deportivos y tripulaciones de embarcaciones de recreo.
No se permiten bananas".
Al respecto, hay dos líneas de pensamiento. Por un lado, la superstición más generalista dice que llevar bananas a bordo trae muy mala suerte, al punto de producir desgracias personales. Y, por otro lado, hay otra línea asociada a la pesca deportiva y comercial, en cuyos buques ni siquiera se permite subir galletas u otros comestibles o bebidas con sabor a banana, pues son contraproducentes para esa actividad.
Lo interesante es que hay varias explicaciones concretas detrás de esta superstición, y algunas son verificables. De hecho, casi todas las referencias históricas llevan a la época del apogeo del comercio entre el Caribe y Europa, allá por el siglo XVIII, donde ser tripulante de un buque bananero —de transporte de bananas— aumentaba el riesgo cierto de perder la vida.
La explicación con más sustento científico es que Las bananas, mientras maduraban durante el viaje, liberaban dióxido de carbono y etileno, y metano si comenzaban a pasarse del punto de maduración. Esos gases, que se acumulaban en las bodegas cerradas y mal ventiladas de los viejos barcos de vela, podían provocar intoxicaciones, o incluso la muerte, de los marineros que bajaban a las bodegas y los inhalaban sin saberlo. A su vez, el metano y el etileno acumulados, al ser inflamables, estallaban al entrar en contacto con los faroles del barco y las linternas de los marineros, que eran velas encendidas.
Además del problema de los gases, las bananas traían consigo a las "arañas del banano", de por sí bastante agresivas y extremadamente venenosas que, al picar a los marineros, provocaba tremendas inflamaciones y hasta muertes repentinas sin causa aparente, que terminaban atribuyéndose a la mala suerte de la fruta.
Y, para peor, debido a que las bananas se echaban a perder rápidamente, los barcos debían viajar muy rápido, lo cual hacía difícil que los marineros pudiesen pescar algo mientras transportaban esta fruta. Para los pescadores, esto fue determinante: un barco bananero era un barco donde no se pescaba nada; y esto se convirtió en una superstición que llegó hasta nuestros días, estando firmemente arraigada en la cultura pesquera.
Lo que hace interesante a esta superstición es que, a diferencia de las otras, esta tiene una base causal real, aunque los marineros de la época no podían identificarla científicamente. Los mecanismos existían —los gases, las arañas, la velocidad forzada— pero sin química ni biología para explicarlos, la fruta en sí se convirtió en el objeto maldito.
Los Sacerdotes
Los curas no eran bienvenidos a bordo, ya que se creía que atraían la mala suerte. La superstición se aplicaba tanto a sacerdotes católicos como a clérigos en general, y su presencia a bordo se consideraba presagio de desgracias inminentes.
Las fuentes son unánimes en señalar dos causas y, por supuesto, ninguna tiene un origen histórico documentado con precisión.
La raíz de la superstición está en la relación entre el color negro y las situaciones penosas —especialmente la muerte—; tal es así que estaba muy mal visto vestir prendas o llevar valijas de color negro, por su vínculo con lo funesto. Luego, dado que el sacerdote era la figura que aparecía en los momentos finales –la extremaunción, o los últimos ritos—, verlo subir a bordo vestido de negro equivalía, en la mente marinera, a anticipar que alguien iba a morir. Era una asociación psicológica simple: el cura anuncia la muerte, luego su presencia la convoca.
Lo interesante es que los sacerdotes no estaban solos en esta categoría. Los curas suponían una presencia funesta, al igual que los finlandeses, que tenían fama de ser brujos capaces de hechizar el barco e invocar tormentas. Y también se consideraba que cruzarse con un pelirrojo o una persona de pies planos antes de embarcarse traería mala suerte, a menos que hablaras con ellas antes de que ellas le hablaran a uno.
La lista revela la lógica subyacente debajo de estas supersticiones: todo aquello asociado con la muerte, lo sobrenatural o lo "diferente" resultaba amenazante para una tripulación que dependía de la cohesión y el ánimo colectivo.
Las Flores
La razón —llamémosla razón— detrás de esta superstición parece nacer de la misma raíz que discrimina a los sacerdotes: las flores son mal recibidas a bordo porque se las asociaba con las coronas funerarias y, por ende, con la muerte. Traer flores a un barco equivale a anticipar que alguien iba a morir en el viaje.
Y había manifestaciones claras respecto de este rechazo a las flores. En Indonesia, según se registra, una embarcación se negó a zarpar porque una buceadora llevaba una flor en el cabello; el patrón simplemente se rehusó a soltar amarras hasta que la flor fue retirada. Y si, por ejemplo, la esposa de un marinero intentaba despedirlo con un ramo de flores, ese ramo era arrojado por la borda tan pronto fuera posible. De hecho, no solo es mala suerte llevar flores a bordo: ofrecerlas como regalo también está mal visto en la tradición marinera de varios países.
Y en el extremo de la superstición, hasta una humilde planta de albahaca en maceta en la cocina del barco era mirada con extrema suspicacia.
Es interesante analizar como estas creencias que, claramente, nacen en un determinado contexto cultural, se transforman cuando se mueven a otros entornos.
La prohibición de las flores a bordo estaba anclada en la asociación "flores = coronas funerarias" de la tradición europea occidental. Un marinero inglés o francés del siglo XVIII sabía perfectamente cómo era un velatorio, cómo se veía un ataúd con flores encima. Ese era el disparador simbólico.
Cuando ese mismo marinero llegaba a Tahití, por ejemplo, y su buque era rodeado de canoas llenas de isleños que expresaban mil señales de bienvenida, recibiéndolos luego en tierra con cantos de amistad, frutas y guirnaldas de flores, se empezaba a construir un contexto emocional radicalmente diferente.
No había nada que activara la asociación de las flores con la muerte... las flores que llevaban encima, en los collares, estaban directamente relacionadas a la música, las mujeres, la alegría, y la abundancia... En ese estado mental, un marinero no estaba pensando en presagios de muerte, sino más bien estaba convencido de haber llegado al Edén. El objeto material —las flores— era el mismo, pero el marco simbólico era el opuesto.
La Palabra "Conejo"
Esta es una de las supersticiones más raras del inventario marinero, porque sus antecedentes históricos son bastante inconsistentes y discutibles, pero que luego tuvo un hecho final, digno de una novela de misterio, que terminó poniéndole el sello de verídica para el resto de nuestros días.
La investigación de los orígenes de la prohibición de los conejos, y luego de directamente pronunciar la palabra "conejo", nos lleva a la tradición marinera francesa —bretona y mediterránea— desde donde se extiende a toda la Europa atlántica. La superstición habría nacido de malas experiencias durante las grandes exploraciones marítimas a partir del siglo XV, cuando los marineros embarcaban animales vivos como reserva de alimento fresco para las largas travesías.
Por lo que se cuenta, los conejos se escapaban a veces royendo sus jaulas de mimbre y se dispersaban por el fondo de las bodegas, alimentándose con el estopado de cáñamo que sellaba las juntas entre las tracas del casco, debilitándolo hasta el punto de provocar vías de agua fatales para el navío.
Éric Tabarly".
Hasta ahí, el tabú de llevar conejos a bordo tiene algún sentido lógico. La duda es por qué no se desarrolló algo similar contra las ratas. Quizás haya sido porque su menú era más amplio y menos dañino —preferían comer otras cosas antes que la estopa del calafateo— y porque subían a bordo por sus propios medios.
Volviendo al tema, evidentemente el temor al animal fue exagerándose a tal punto que los marinos franceses terminaron evitando pronunciar su nombre, reemplazándolo con frases similares como "el animal de las orejas largas", "el primo de la liebre", o "el peludo que salta".
Y luego sucedió lo de Éric Tabarly...
Éric Tabarly fue un legendario diseñador de embarcaciones de competición y navegante francés, considerado el padre de la vela oceánica moderna y un icono de la náutica en Francia. La historia cuenta que Tabarly, a propósito, desafió el tabú pronunciando la palabra prohibida y degustando a bordo de su "Pen Duick" una terrinas de ese mismo animal. Todo terminó tiempo después, cuando una noche, Tabarly cayó al agua de su propio velero durante una tormenta. Su cuerpo fue hallado un mes después por un buque pesquero. A partir de ese momento ningún navegante —especialmente los franceses— pronuncian la famosa palabra que refiere al "animal de las orejas largas".
Vale la pena contar algo más del caso de Éric Tabarly.
Tabarly era el navegante oceánico francés más famoso del siglo XX, una figura casi mítica en Francia. Nacido en Nantes en 1931, pasó la mayor parte de su vida navegando los distintos "Pen Duick", sus sucesivos veleros. Ganó la "Transat" en solitario en 1964 y 1976, cruzó el Atlántico en 27 días, y dio la vuelta al mundo en otras regatas.
En la noche del 12 al 13 de junio de 1998 desapareció tras caer al mar en medio de un temporal, a bordo de su "Pen Duick I" —el primero de todos, el mismo con el que había aprendido a navegar— navegando hacia Escocia para participar en las celebraciones del centenario de una reunión de veleros clásicos.
Las circunstancias fueron relatadas por los demás tripulantes, testigos del incidente. A las 22:30, Tabarly decidió arriar la vela mayor y montar la vela de capa. Pidió a toda la tripulación que participara en la maniobra. El golpe de una ola contra el casco mientras estaban tratando de sujetar la mayor a la botavara, luego de arriarla, provocó que el barco escorara a babor y Tabarly, que estaba agarrando la vela de pie sobre la escotilla, fue empujado al agua por la botavara que estaba suelta. Su cuerpo fue recuperado un mes después por un pequero de arrastre bretón.
Subir al Barco con el Pie Izquierdo
Em la tradición náutica, se considera de mala suerte subir a una embarcación con el pie izquierdo. La costumbre marinera exige pisar la cubierta siempre primero con el pie derecho para asegurar la buena fortuna y un viaje tranquilo.
Lo interesante de esta superstición es que su origen es terrestre, habiendo nacido en las viejas culturas griegas y romanas que consideraban a todo lo relacionado con ese lado a espíritus malignos, ya que sus dioses solo protegían el lado derecho. De hecho, la palabra "siniestro" que significa malo o funesto, proviene del latín "sinistram", que significa "izquierda". Y esa misma palabra raíz llegó al lenguaje inglés como "sinister" y al francés como "sinistre" con el mismo significado.
Por lo tanto, los marineros, que antes de convertirse en hombres de mar habían sido hombres de tierra, lo que hicieron fue llevar a bordo ese mismo bagaje de mitos y supersticiones que ya tenía siglos de antigüedad en la cultura occidental.
Lo simpático de esta superstición es que tiene un método paliativo ya que, en caso de haber embarcado con el pie izquierdo, puede resolverse el inconveniente bajando del barco y volviendo a subir, esta vez con el pie derecho primero, quedando así conjurado cualquier mal que pudiera haberse iniciado.
Silbar
Esta es una de las supersticiones más ricas del inventario, porque tiene tres explicaciones posibles, completamente distintas entre sí, y una excepción que es casi un chiste.
Una de las explicaciones dice que los marineros creían que silbar a bordo traía mal tiempo, bajo la idea de que el silbido imitaba el sonido que produce el viento al pasar por la jarcia, y que eso desafiaba al viento incitándolo a soplar con más fuerza con el riesgo de agarrar al dios del viento —que es una entidad caprichosa e impredecible— en un mal día, y el desafío terminase en una tempestad.
Lo interesante es que la misma creencia operaba en sentido inverso cuando convenía. Si el barco quedaba atrapado en una calma, los marineros podían silbar con la esperanza de atraer una brisa que los sacara de allí.
Es decir que el silbido funcionaba más bien como un conjuro que había que saber administrar.
Otra de las explicaciones, quizás la más interesante desde el punto de vista histórico, nos lleva a los barcos con tripulaciones algo rebeldes, con ganas de amotinarse, que utilizan los silbidos para comunicarse entre sí. Ante esta situación, perfectamente plausible, prohibir silbar era una medida de seguridad disfrazada de superstición. En una línea parecida, descubrimos que en algunos navíos de las flotas de guerra estaba prohibido chiflar –es decir, emitir silbidos fuertes y sonoros— porque podían confundirse con los sonidos de los "silbatos de mando" que usaban los contramaestres.
Había una única excepción a la regla: el cocinero del barco no solo tenía permitido silbar, sino que era alentado a hacerlo. Sin embargo, no se lo alentaba a silbar para llamar a comer sino porque mientras silbaba había tranquilidad de que no se estaba comiendo las raciones de sus compañeros. Es decir, el silbido del cocinero era una prueba de inocencia en tiempo real. Difícil encontrar una excepción más pragmática que está en todo el corpus de supersticiones marineras.
Los amantes de la novela histórica seguramente recordarán que esta superstición aparece mencionada regularmente en los libros de la saga de "Aubrey y Maturin" de Patrick O'Brian.
Esa saga, como la de "Hornblower" de "C. S. Forrester", retratan fielmente los usos y costumbres de la Royal Navy de principios del siglo XIX, durante las "Guerras Napoleónicas".
Una de las creencias más extendidas entre los marineros era que hacer daño o matar a un albatros podía traer graves consecuencias.
El origen de este tabú está en la antigua creencia de que las almas de los marineros fallecidos eran transportadas por estas aves.
The Rime of the Ancient Mariner.
La fascinación por el albatros se basaba en que puede recorrer largas distancias sin batir las alas, planeando con los vientos de superficie, lo que llevó a los marineros a creer que era un ser sobrenatural portador de almas.
Como corresponde, hay un incidente histórico que opera como elemento de confirmación de esta superstición. En septiembre de 1719, mientras el "Speedwell" intentaba doblar el Cabo de Hornos lidiando contra los vientos que lo continuaban empujado al Sur, el segundo capitán Simon Hatley disparó sobre un albatros negro solitario que venía acompañando al barco desde hacía varios días. Hatley imaginó que el color del ave era un mal presagio y esperaba que matándola mejoraría el tiempo. pero sucedió sino todo lo contrario: durante más de seis semanas sufrieron vientos contrarios continuos hasta que, finalmente, lograron avistar la costa de Chile. Para completar la historia, el "Speedwell" termina naufragando meses después, en 1720.
Luego, en 1726, George Shelvocke, el capitán del "Speedwell", publicó la crónica de ese viaje, que setenta y dos años después, ese relato se convierte en un tema de conversación entre Samuel Coleridge y William Wordsworth —dos famosas figuras del romanticismo británico— durante un paseo por las colinas de Quantock, en Somerset, Inglaterra. Cuando estaban regresando Coleridge ya tenía en mente algunas estrofas de un poema alrededor de la idea de espíritus tutelares de los mares del Sur toman venganza por el crimen del pájaro, y que luego terminan consolidándose en "The Rime of the Ancient Mariner", publicado en Lyrical Ballads en 1798, obra que hoy es considerada el inicio del Romanticismo inglés.
Asi que aquí nos encontramos entonces con un caso donde la creencia existía, pero era difusa, y el poema, con su difusión masiva durante el siglo XIX, cristalizó y generalizó el tabú en la cultura marinera anglosajona.
Zarpar Sin Despedirse
La idea de que "zarpar sin despedirse" o, peor aún, "zarpar sub despedurse y estando peleados" trae mala suerte es antiquísima, y no es exclusivamente marinera; aparece también entre viajeros de todo tipo, soldados, pescadores e incluso peregrinos. Y, de hecho, quizás sea las más razonable de todas las supersticiones.
Probablemente su origen sea alguna ansiedad generada por una mezcla de sensaciones de culpa y de abandono. Culpa por haber partido sin decir adiós; sin haber cerrado de alguna forma un ciclo de la mejor manera posible. Y abandono, por haber partido sin recibir deseos de tener un buen viaje, es decir sin una bendición convocante de la buena suerte.
Entre los marineros existe la necesidad implícita de que el barco zarpe teniendo todo en orden, tanto en lo que hace a lo material como a lo espiritual. Y cualquier preocupación que un tripulante pudiese llevar consigo a bordo —por ejemplo, estar pensando en que no se ha despedido, que ha dejado algo inconcluso— atenta contra esa premisa. Ese tripulante no estará cien por ciento atento a sus labores, con el riesgo que eso conlleva.
De allí la razonabilidad de esta superstición, que podría redactarse de una forma más directa diciendo que "zarpar con preocupaciones, produce accidentes".
Arrojar Piedras al Agua
Esta es otra creencia que aparece en prácticamente todas las culturas marineras mediterráneas y atlánticas, con una base similar a la de los silbidos; es decir, no desafiar a los dioses.
Tirar piedras al mar se consideraba una ofensa a las entidades que gobiernan esas aguas —Poseidón para los griegos, Neptuno para los romanos— y cualquier acto que perturbe o contamine sus dominios es una afrenta cuyas consecuencias podrían variar desde oleaje algo molesto hasta tormentas con grandes marejadas.
Y aquí hay que hacer una pequeña diferenciación: no es lo mismo arrojar al mar un cascote que una piedra preciosa. El cascote no tiene valor, y la piedra preciosa sí lo tiene, por lo cual se convierte instantáneamente en una ofrenda a los dioses para obtener su protección. Lo mismo se intentaba arrojando al mar cosas tales como monedas, vino, o flores, por ejemplo.
Hay otra versión que afirma que si se lanza una piedra sobre un buque que va a hacerse a la mar, se asegura que ese barco nunca regrese. Esta segunda forma es particularmente oscura y representa una maldición activa más que una superstición.
Aplaudir
Esta creencia no es tan conocida como la del silbido, pero se le asemeja. Dice que aplaudir dentro de un barco puede invocar el trueno.
Posiblemente deriva de la idea de que el trueno era el sonido que los dioses hacían aplaudiendo con sus propias manos, por lo tanto, al aplaudir, el marinero estaría invitando a los dioses a imitarlo y responder con truenos —y, obviamente, tormentas—.
Como se ve, esta forma parte de un conjunto coherente de creencias donde ciertos actos humanos reproducen o imitan fenómenos naturales y de ese modo los provocan. Aplaudir podía causar truenos, silbar podía invocar al viento, y arrojar una piedra al agua podía provocar marejadas. La lógica subyacente lleva al mismo principio de semejanza "mágica" en el que aquello que se parece a un fenómeno, lo convoca.
Contar las Olas
Esta es una superstición raramente mencionada, que dice que contar las olas es otro modo de desafiar a los dioses del mar que, al enterarse, enviarán olas más grandes y marejadas violentas.
De nuevo, aquí aparece el deseo marinero de autoprotección, tratando de transitar las aguas sin estorbarlas, de pasar inocentemente sobre ellas sin provocar a los dioses. Y a tal grado llegaba el respeto que, inclusive intentar contar las olas, era un signo de desafío pues embebía la intención de medir... de cuantificar la esencia de la deidad.
En una línea paralela a esta, la vieja tradición marinera romana sostenía que, en una tormenta, la ola más peligrosa será siempre la décima de una secuencia. A esa ola la llamaban "fluctus decumanus" —la "décima ola", la "ola grande", la que rompe con mayor fuerza— que incluso Ovidio las menciona en los "Fastos".
En otras culturas se decía que la tercera ola de un grupo era la más peligrosa, en otras que era la séptima, y en otra que la novena era la maldita.
En una interpretación más rebuscada, podría decirse que esta técnica de contar olas, al mismo tiempo que permite identificar la peligrosa, implica que quién se pone a contarlas está tentando al destino, porque eventualmente llegará esa ola terrible.
En cualquiera de sus versiones, esta superstición opera creando un contexto de tensión que no existe en las otras. A diferencia del silbido o del aplauso, donde el acto humano *provoca* el fenómeno natural, aquí el acto de contar no provoca nada, sino que revela la inevitabilidad de algo que ya está en marcha. El mar tiene su propia aritmética, y el marinero que se atreve a contarle las olas está, sin saberlo, esperando la que lo hundirá.
Es decir, aquí no hay nada que pueda hacerse para contrarrestar la situación. A lo sumo, no contar las olas preserva la ignorancia bienaventurada sobre cuál de ellas vendrá a buscarte.
Encontrarse con un Tuerto Antes de Embarcar
Este mito parece haber nacido en el Mediterráneo, en las costas de España, Portugal, Francia e Italia y no haberse propagado más allá de esa región, pues no se lo conoce en otras aguas.
Como tantas otras supersticiones, su razonabilidad responde a la asociación mimética de la falta del ojo con un destino trágico. Era bastante usual que los marineros consideraban que comenzar un viaje encontrándose con alguien "marcado por la desgracia" podía atraer una similar al propio viaje. Y, en cierta forma, pasaba lo mismo si se cruzaban con un inválido, un gato negro, un funeral o determinadas aves consideradas de mal agüero.
Zarpar un Viernes, y Peor si es Viernes 13
Esta es una de las supersticiones marineras más conocidas y difundidas en Occidente, que se ha irradiado a prácticamente todos los demás medios de transporte y actividades en general. Sin embargo, su origen es bastante más complejo de lo que suele creerse.
El origen parece remontarse a la tradición cristiana, en la que el viernes quedó asociado a la desgracia y al sufrimiento, principalmente por ser el día de la crucifixión de Cristo, en lo que hoy conocemos como "viernes Santo". Los marineros, siempre atentos a cualquier asociación que pudiera dar lugar a tropiezos del destino, evitaban comenzar una empresa importante —como una travesía— en un día considerado de mal augurio. La idea subyacente era, básicamente, la misma en la que se basa la gran mayoría de las supersticiones marineras y de las otras: la mala suerte puede contagiarse por cualquier medio; si el viaje empieza en un día desafortunado, es más probable que termine desafortunadamente.
Si encima, al viernes se le agrega el número 13, que desde la edad media es considerado un número de mala suerte, la posibilidad de una desgracia está casi garantizada.
HMS "Friday", el barco que nunca existió y que nunca regresó.
Se puede leer por ahí que la marina británica quiso demostrar que la superstición era absurda, para lo cual construyó un barco llamado "HMS Friday" —viernes en español—, que lo botó un viernes y lo bautizó otro viernes, y que luego eligió un capitán de apellido Friday y lo hizo zarpar un viernes.
Y que eso fue todo, el barco no apareció nunca más.
Es una excelente historia... pero es falsa.
No existe evidencia histórica de que semejante barco haya existido en la Royal Navy. Los historiadores navales la consideran una leyenda creada precisamente para ilustrar la fuerza de la superstición.
Llevar Herramientas Prestadas
Esta creencia no figura como superstición canónica en las grandes compilaciones de folklore marítimo, ni en las fuentes hispanas consultadas, sin embargo, la hemos escuchado varias veces en diferentes lugares.
Esto sugiere que, probablemente, sea la extensión al ámbito náutico de una maldición terrestre —no una superstición— mucho más amplia aplicable a cualquier objeto prestado, cosa que está bien documentada.
La maldición en cuestión es implícita y, seguramente, producto de una creación de los dueños de las herramientas para condicionar psicológicamente la sensible mentalidad marinera, a fin de que estos individuos se sientan obligados a retornarlas a sus dueños antes de partir.
Quizás sea necesario extender esta superstición a otras cosas, tables como libros, chalecos salvavidas, aceite de oliva, botes, y todas esas otras cosas que los navegantes suelen prestarse entre sí.
Dejamos de lado el dinero, pues tiene otra connotación.
Derramar Aceite Sobre Cubierta
Este es otro caso de trasvase —bastante natural— de una superstición que mació en tierras europeas y se propagó al ambiente marinero.
La antigüedad de la creencia la atestigua un viejísimo refrán que aún se escucha en Cerdeña, que dice "si 'nche ghissa s'ozu disgrassia" —"si derramas el aceite, desgracia" —.
En cuanto a sus raíces, la creencia de que derramar aceite trae mala suerte parece tener dos orígenes.
Uno tiene que ver con la liturgia cristiana en la que el aceite es un protagónico de casi todos sus ritos: se lo usa en el bautismo, la confirmación, la extremaunción y la consagración de nuevas iglesias, entre otros. Es un elemento tan cargado de sacralidad que no puede desperdiciarse impunemente... excepto cuando lo aplica un clérigo, en cuyo caso ese "derrame" se torna en una bendición.
Otra explicación más racional sostiene que la superstición sobre el aceite derramado apareció cuando los suelos se construían con madera, lajas terrosas o mármol no tratado. Al ser estos materiales extremadamente porosos y absorbentes, allí donde caía el aceite se formaba una mancha indeleble y resbaladiza.
Probablemente esta última versión sea la que conecta directamente con la superstición marinera porque la cubierta de madera de los viejos buques era porosa, absorbente, y susceptible de quedar permanentemente manchada. Y, para peor, la mancha de aceite en la cubierta de un barco se convertía instantáneamente en peligro concreto, especialmente en condiciones duras de navegación.
Esta superstición es un buen ejemplo de cómo una creencia de origen terrestre y religioso se "mariniza" por adaptación a condiciones específicas del entorno náutico. Su particularidad es que se sustenta sobre un fundamento empírico real —la peligrosidad de una cubierta aceitosa— que le da una persistencia especial, a diferencia de supersticiones de origen puramente simbólico. Funciona simultáneamente como norma de seguridad codificada y como expresión del temor a perder recursos escasos, como el aceite, en un ambiente donde cada pérdida puede tener consecuencias graves.
Cambiar el Nombre de la Embarcación
Esta es, sin duda, una de las supersticiones marineras más ricas en cuanto a su elaboración y rituales conexos, y que merece un lugar destacado pues está absolutamente vigente, siendo respetada tanto por marinos profesionales —incluso militares— como por navegantes recreativos que apenas se inician en la actividad.
El núcleo conceptual de esta superstición está enclavado en las antiguas culturas griegas y romanas —griega primero, romana después— que coinciden en la idea de que Neptuno y Poseidón mantienen una especie de "Libro de las Profundidades" en el que registran el nombre de cada embarcación que navega los mares. Entonces, cambiar alegremente el nombre de un barco sin atender los rituales de las normas administrativas divinas, conformaría una grosera transgresión y directa falta de respecto a los dioses del mar que, como se sabe, no son para nada indulgentes con este tipo de faltas, y suelen reaccionar castigando al infractor con todo el peso de su ira burocrática.
Esta imagen de dioses actuando como funcionarios que llevan un registro contable omnisciente y meticuloso, pero también apelable mediante los protocolos correctos, es notable. Muestra a estas deidades como autoridades burocráticamente implacables, pero con las que es posible negociar, siempre que se respeten sus formas.
EL ritual para darle un nuevo nombre al barco es extenso y muy meticuloso. Inicialmente deben eliminarse todas las huellas físicas del antiguo nombre del barco; esto incluye, entre otras cosas: quitar el nombre en el casco —no sirve pintar el nuevo nombre encima, hay que borrar el anterior, Neptuno puede ver a través de la pintura—, eliminar los libros de bitácora, cartas náuticas y cualquier otro documento con el nombre inscripto, remover el nombre en los salvavidas y bote auxiliar, destruir las gorras, remeras y abrigos que tengan el nombre —no intente regalarlas, deben desaparecer, dejar de existir, quemarlas es lo más recomendable—. En una palabra, hay que eliminar ¡todo!
Una vez purificada la nave, la ceremonia de renombrado convoca formalmente a Poseidón y a los cuatro dioses de los vientos: Bóreas, Céfiro, Euro y Noto. Para asegurar vientos favorables, hay que orientarse hacia cada punto cardinal sucesivamente y brindar al dios correspondiente con frases como estas: "A Bóreas, por la fuerza de los vientos del Norte", "A Céfiro, por los suaves vientos del Oeste", y así sucesivamente, vertiendo vino o champán en cada dirección —deben ser bebidas de calidad, no sea arriesgue la suerte de su barco a un Tetrabrik—.
La ofrenda de champán o vino al agua es el gesto final y obligatorio: se vierte al menos media botella de bebida al agua de Este a Oeste durante la ceremonia de purga, y una botella completa —menos las copas del patrón y del segundo que acompaña— de Oeste a Este durante la ceremonia de renombrado.
La tradición marinera francesa tiene una explicación distinta, probablemente traída por navegantes nórdicos, mucho más poética y, sin dudas, la estructuralmente mejor elaborada de toda la mitología náutica.
Aparente esqueleto de un "macoui" descubierto en St Brévin en Loire-Atlantique, Francia :-).
Ellos dicen que en el mismo instante en el que se bautiza un barco, este se vincula sistemáticamente a un "macoui", que es una especie de serpiente marina, muy larga y discreta, que permanece unida permanentemente a su popa y cuya existencia se manifiesta en la estela que deja en la superficie del agua mientras el barco avanza. Ese "macoui" lleva el mismo nombre del barco y es el encargado de protegerlo de la mala suerte.
El problema surge cuando, al darle un nuevo nombre a la embarcación, aparece un nuevo "macoui" intentando aferrarse a él. Y si no lo consigue, porque ya hay uno viejo, se inicia una pelea entre los dos animales protectores que, a partir de entonces, dejan de prestar atención a la seguridad del barco, que queda librado a las garras del destino.
El mito tiene una solución dramática: antes de cambiar el nombre del barco, se debe matar al viejo "macoui" siguiendo una ceremonia establecida por el propio Neptuno.
A diferencia del procedimiento de raíz greco-romana este, que es mucho más teatral y dramático, se realiza en el agua y, además del barco a rebautizar, requiere contar con una o dos embarcaciones acompañantes cuyos capitanes oficiarán de "cortadores". Y, como es natural, debe llevarse también una botella de ron u otro licor, y una bocina de niebla.
Cuando todo está listo, y antes de zarpar, el capitán del barco a des-nombrar vierte un buen trago de ron por la popa para emborrachar al "macoui" y aturdirlo. Hecho eso, el barco puede soltar amarras y comenzar a navegar acompañado de las embarcaciones amigas, mientras tanto se continúa bebiendo a bordo y vertiendo por popa la bebida alcohólica en cuestión.
Con la embarcación a rebautizar ya navegando a unos dos nudos, el o los barcos amigos deben alcanzarlo, cruzando su estela lo más cerca posible de la popa; esto debe ser hecho tres veces por cada acompañante, alternando por babor y estribor. En cada pasada, el capitán del barco que se rebautiza hace sonar la bocina con fuerza, pues el "macoui" detesta los ruidos estridentes, y verter otro trago de ron a las aguas.
Una vez completadas las pasadas, se vierten tres tragos de ron por la banda de estribor en agradecimiento a Neptuno, y se entrega la botella restante a los capitanes que cortaron el "macoui", también en el agua y manteniendo la velocidad de la maniobra. Entonces, con el "macoui" viejo ya cortado y disperso, se procede al rebautizo formal pronunciando el nuevo nombre en voz alta y realizando la libación inaugural.
Hay otra alternativa más pragmática y salvaje, que consiste en seguir el barco a des-nombrar con otra embarcación y disparar tres veces en la estela en cada pasada.
Además de estos dos rituales, hay otros mucho menos sofisticados, que parecen haber sido creados para salvar las apariencias de que se está cumpliendo con la burocracia divina, pero que en el fondo siguen reconociendo que cada barco tiene una identidad de nacimiento que es necesario preservar.
Uno de ellos requiere, a diferencia de los mitos originales, mantener a bordo el nombre original de la embarcación con la intención de ahorrarse el trámite administrativo en el registro de los dioses. El nombre debe estar en algún elemento preexistente, no vale anotarlo en un papel y guardarlo en un cajón. De esta forma, el nombre original se mantiene, por lo que no hay cambios a anotar en el "Libro de las Profundidades", y luego, sin testigos ni vino, ron o champan, un aburrido diseñador gráfico pega en el casco las letras de vinilo del nuevo nombre. Para Poseidón, Neptuno y su personal administrativo, ese nombre no es más que un simple sobrenombre y, aparentemente, la suerte del barco no será alterada mientras a bordo permanezca el objeto con el nombre original. Es como que se opera en dos planos de identidad distintos: el nombre externo, el visible en el casco, es el que se usa en el plano humano —en lo social, comercial, y reglamentario— mientras que el nombre que se mantiene internamente satisface al plano de las supersticiones y paz mental.
La manifestación más concreta de esta versión nació en Europa, alrededor del siglo XV, y fue luego incorporada a las tradiciones de las armadas y flotas mercantes del resto del mundo, tanto para usos funcionales como ceremoniales. El ritual requiere mantener a bordo del buque que será renombrado, la campana original con su nombre de bautismo grabado en ella.
Otra variante, exige fijar una placa o tablilla de madera o metal en algún lugar interior del casco, bajo cubierta —idealmente, en la sentina, o adherida a la quilla—, que preserva el nombre anterior. Esta práctica está menos difundida que el rito de la campana, pero aparece consistentemente en relatos de navegantes.
Hay otro rito parecido, pero que no está vinculado al renombramiento del barco, sino a bendecirlo desde su nacimiento.
En la vieja Roma, al comenzar la construcción, se colocaba una o varias monedas en la quilla del barco para dar buena suerte; al finalizar la construcción, la moneda se embutía en una pieza de madera y se entregaba al capitán, o se clavaba a la base del palo mayor. En la actualidad las monedas quedan soldadas a la quilla, bajo el mástil.
Una prueba de esto es un naufragio descubierto en 1976, en Vejby, en la costa de Zelanda del Norte, Dinamarca, cuyo análisis dendrocronológico lo databa en 1371-72. En la cavidad del mástil se hallaron dos monedas acuñadas por la "Orden Teutónica en Prusia".
El foro náutico argentino "La Recalada" registra una interesante situación de excepcionalidad local —solo vigente en Argentina, al parecer— bajo la cual sí se puede cambiar el nombre sin incurrir en falta: haber desarbolado. En tal caso, dado que el dios Eolo interviene en la desarboladura y entre dioses no hay relampagueadas, está tolerado el cambio de nombre, que debe realizarse antes de arbolar nuevamente. Una lógica interna impecable dentro del sistema de creencias.
La verdad es que, en el plano psicológico, esta superstición no tiene una razón clara y directa, asociada a simples incomodidades o miedos profundos, como en los demás casos. Pero podemos especular algunas ideas.
Una razón podría estar relacionada al valor que en la antigua Grecia y Roma podría dársele a la relación del nombre con el objeto nombrado. Si el nombre era considerado una parte constitutiva del ser nombrado, entonces destruir el nombre equivaldría a destruir al sujeto.
Otra razón podría ser la asignación de la culpa al último recurso, cuando no hay otras causas visibles. Los marinos que cambiaron el nombre y sufrieron accidentes posteriores, al no encontrar otra causa posible, lo atribuyeron al cambio; quienes tuvieron buena suerte simplemente no lo registraron como relevante. El sesgo de confirmación hace el resto.
Y, finalmente, el ritual de rebautizo es un ejemplo perfecto de lo que el filósofo Hubert Damisch llama "domesticación del azar": el marinero no elimina la incertidumbre, pero la hace tolerable incorporándola a un sistema de acciones y consecuencias predecibles. Es decir, la ceremonia del obviamente rebautizo no controla nada, pero calma la ansiedad del marinero supersticioso.
La discusión sobre la racionalidad de esta superstición tuvo momentos interesantes. Dentro de las comunidades marineras había quieres decían que el mito era insostenible, ya que los piratas, que vivían al margen de casi toda norma, cambiaban el nombre de sus presas capturadas sin mayores miramientos rituales. Los defensores del mito respondían que eso no significaba decir que la superstición no funcionase, sino más bien todo lo contrario porque ninguno de los piratas en cuestión tuvo un buen fin. El retruque era que el fin fue por sus fechorías, no por mala suerte.
El Jonah
El "Jonah" es una de las supersticiones más ricas y con raíces más documentadas de toda la cultura marinera anglófona.
Básicamente, un "Jonah" es una persona que trae mala suerte al barco por su sola presencia a bordo. No hace falta que haga nada malo, su sola presencia es el factor de riesgo. La tripulación puede reconocerlo antes de zarpar o identificarlo inmediatamente después de que empiecen los problemas.
En Argentina lo llamaríamos el "mufa" u el "piedra", al mismo tiempo que haríamos algunos gestos con las manos en un intento de repeler su mala influencia. La diferencia es que el "Jonah" es únicamente aplicable en el entorno marinero, mientras que "mufa" es un genérico de uso amplio.
La etimología es viene del profeta "Jonás" —del del Libro de Jonás del Antiguo Testamento—. El relato central es que Jonás huye de su misión divina embarcándose en un navío hacia Tarsis. Dios envía una tormenta terrible; la tripulación echa suertes para identificar al culpable y el perdedor es el pobre Jonás, que termina arrojado por la borda sin apelación posible. La tormenta cesa de inmediato, y todo termina con Jonás siendo tragado por un gran pez.
Desde el punto de vista de la interpretación psicológica, el marcado como "Jonah" o "mufa" no es más que chivo expiatorio que funciona como un cable a tierra sobre el cual el resto de la cerrada comunidad dentro de un barco descarga todas sus ansiedades y culpas.
Midshipman Hollom, el Jonah de Master and Commander.
En la película "Capitán de Mar y Guerra" —"Master and Commander: The Far Side of the World", en su título original, protagonizada por Russel Crowe, hay una subtrama centrada en este tema.
El guardiamarina Hollom es señalado por la tripulación como el Jonah de la fragata "Surprise". Es un oficial inseguro, sin autoridad natural sobre los marineros, y a medida que se acumulan las desgracias a bordo —una tormenta, pérdida de vidas, la persecución del Acheron— la tripulación lo identifica como la causa de toda la mala suerte. La tensión llega a un punto en que Hollom percibe que su presencia es un peso para todos, y... no le cuento como termina.
La trama original es parte de uno de los libros de la saga de "Aubrey y Maturín", obra de Patrick O'Brian, un verdadero maestro en representar las tradiciones marineras de principios del siglo XIX, durante las Guerras Napoleónicas,
Amuletos y Rituales para la Buena Suerte
Los Albatros
Albatros.
Esta superstición está directamente vinculada a la opuesta, que dice que "matar un albatros trae mala suerte".
La creencia marinera tradicional dice que los albatros son almas de marineros muertos —particularmente de aquellos que perecieron en el mar— que continúan surcando los océanos en forma de ave. Desde esa premisa, su presencia junto a un barco se interpretaba como protección, guía y buen augurio.
En versiones más pragmáticas, el albatros era visto como señal de que había tierra o corrientes favorables en las cercanías, lo cual es bastante cierto porque estas aves, aunque pelágicas, siguen rutas asociadas a condiciones meteorológicas y oceanográficas específicas.
En resumen, tener a la vista un albatros era un signo de que las cosas iban bien, y en el plano psicológico calmaba la ansiedad de los marinos creyentes de estas supersticiones.
Hay un episodio interesante porque está documentado, que verifica que esta creencia era respetada. En la marina mercante británica del siglo XIX, algunos marinos no creyentes solían capturar albatros para usar sus huesos huecos como pipas y sus patas membranosas como bolsas de tabaco. Esto generaba tensiones con los marineros supersticiosos, y hay registros de conflictos y peleas a bordo a causa de esto.
Los Delfines
Delfines.
Esta es, probablemente, la más antigua de todas las supersticiones marineras conocidas. Tiene raíces en el mundo real mezcladas con una capa mítico-religiosa extraordinariamente antigua y geográficamente extendida.
La base de la creencia gira alrededor de la idea de que los delfines que acompañan a un barco anuncian buen tiempo y una travesía favorable.
De hecho, los delfines efectivamente preceden y acompañan embarcaciones, aprovechando la ola de proa. Lo que los marinos también notaron es que los delfines tienden a estar más activos y visibles con buen tiempo y mares calmos, y que se alejan o desaparecen antes de tormentas fuertes, posiblemente porque sus presas se redistribuyen con los cambios de presión. Es decir que la asociación de delfines con buen tiempo tiene una base real, aunque los marineros la formularon en términos sobrenaturales.
Y esta relación entre los marinos y los delfines es antiquísima. Para los griegos, el delfín era el animal de Apolo y de Poseidón, y protagonista de infinidad de historias en la que estos cetáceos participan protegiendo a los navegantes. Esta saturación mítica hizo que, para cualquier marinero griego, y luego para los romanos, ver delfines junto al barco fuera literalmente ver un signo de compañía divina.
Lo notable es que la creencia no es solo mediterránea, ya que también tiene orígenes independientes en la Polinesia, en la tradición celta, y en las aguas del Índico, donde ser acompañados por delfines significaba que los dioses los guiaban en aguas seguras.
A tal punto estaba enraizado el estatus divino de los delfines que, por ejemplo, en el derecho marítimo romano, el "Digesto" de Justiniano recoge referencias a la protección legal del delfín en aguas bajo jurisdicción romana. Dañar delfines tenía consecuencias legales.
Esta tradición se ha sido también adopta en las aguas del Río de la Plata exterior y todo el litoral marítimo argentino, donde la presencia de toninas overas junto a las embarcaciones tiene el mismo estatus supersticioso entre los pescadores artesanales locales.
Los Mascarones de Proa
La imagen de la mujer era una de las protectoras por excelencia de los navegantes, que las llevaban talladas en los mascarones de proa. Hay buenas referencias históricas que avalan esto.
Los griegos, por ejemplo, adornaban las proas de sus barcos con imágenes de sus diosas, pues el vocablo "barco" o "nave de mar" en griego clásico es femenino. El barco ya era "ella"; la figura en la proa no hacía más que dar rostro a esa identidad.
Esos adornos se convirtieron con el paso del tiempo en los mascarones de proa de prácticamente todas las grandes armadas y flotas mercantes, llegando a su pico de popularidad durante el siglo XVIII. Se le asignaba a la imagen de la mujer vestida o mejor aún semidesnuda, representada en el mascarón, el poder de calmar los mares y apaciguar las tormentas. Así, diosas y guerreras armadas, como Atenea o Minerva, ninfas y sirenas, se convirtieron en uno de los símbolos marinos más populares de todos los tiempos.
El detalle del pecho desnudo tenía su razón. La creencia popular sostenía que los dioses de los mares y océanos, irascibles y masculinos, se distraían y aplacaban ante la visión de una mujer con el torso descubierto o levemente velado. Si el mascarón fallaba en su cometido y el barco naufragaba, se le cortaba la cabeza para que no volviera a ser utilizado. El castigo por no cumplir su función protectora era la decapitación simbólica del mascarón de proa.
Mascarón de proa de la Fragata "Libertad".
En nuestra Armada, la Fragata Escuela "Presidente Sarmiento" lució en su proa un mascarón representando a la República Argentina, con su mano izquierda sobre el pecho y sosteniendo en su flanco derecho el Escudo Nacional. Actualmente se conserva ese mascarón en el Museo Naval de la Nación de Tigre.
Por su parte, la Fragata "Libertad" tuvo dos mascarones de proa:
El primero, que era una obra del escultor Perlotti, fue instalado en 1963; sin embargo, el comandante de entonces, el capitán de fragata Horacio Ferrari, lo rechazó de inmediato por considerar que no cumplía ninguna norma estética, y se hizo a la mar audazmente sin mascarón logrando establecer el récord, que aún se mantiene, de distancia navegada a vela por la Fragata "Libertad".
Más tarde, el Capitan Enrique Martinez, contrató al escultor Carlos García González, quien talló el mascarón que la Fragata lleva actualmente. García González era de origen gallego, y al concluir la obra le pidió al comandante Martínez autorización para grabar en el borde de la falda de la figura la leyenda "a Niké", en homenaje a su esposa Victoria, a quien llamaban cariñosamente Niké —diosa de la victoria en la mitología griega— porque nunca había podido llevarla de viaje, pero su obra sí viajaría por el mundo. El comandante autorizó la dedicatoria.
Cuando la dotación del buque se enteró de que el mascarón estaba dedicado a la esposa de un escultor de origen gallego, la bautizaron de inmediato como "la gallega", apodo que según el autor aún resuena entre los marinos.
Los nudos de viento
Ya que los nombramos en el caso anterior, veamos de que se tratan.
La práctica consistía en adquirir, antes de zarpar, una cuerda con tres nudos atados por una persona con poderes especiales — generalmente una "völva" en la tradición nórdica—. Cada nudo contenía un viento que se activaba al desatarlo: el primer nudo traería viento suave y favorable, el segundo vientos fuertes, y el tercero invocaría tempestades o huracanes. El marinero desataba los nudos según su necesidad, con la advertencia implícita de que el tercero era peligroso y debía reservarse solo para emergencias extremas o no desatarse nunca.
Si bien a primera vista parece una superstición simple, en realidad tiene una construcción compleja y dramática, típica de la magia nórdica, desde donde se expandió desde su Escandinavia natal hasta el Mediterráneo. Y además es una de las pocas supersticiones marineras que tuvo una dimensión comercial, pues los nudos tenían un costo, había que comprárselos a la mujer que los ataba.
Esto es interesantísimo, porque implica que la creencia era lo suficientemente sólida como para generar disposición a pagar. Un marinero que no creyera genuinamente no gastaría dinero en una cuerda anudada. Y, por el lado de la oferta, genera un mercado de **especialistas con reputación diferenciada. No cualquiera podía vender nudos de viento, la vendedora debía tener credenciales, historia de éxitos atribuidos, recomendaciones de otros marineros. Maravilloso, en todos los sentidos de la palabra.
völur.
Las "völur" —singular de völva"— eran mujeres videntes y practicantes de "seiðr", una forma de magia chamánica nórdica que incluía entre sus capacidades la manipulación del clima y los vientos. La "Edda" y varias sagas islandesas documentan explícitamente la venta de vientos a marineros. En la "Ynglinga saga" se describe cómo Odín mismo practicaba el "seiðr" y podía controlar los vientos, lo cual daba legitimidad mítica de primer orden a la práctica comercial de las "völur".
A su vez, el nudo como contenedor de fuerza mágica es coherente con toda la cosmología nórdica: las runas se tallaban, los hechizos se ataban, la magia tenía siempre una forma física concreta. El viento atado en un nudo es perfectamente consistente con ese sistema de pensamiento.
Esta gestión divino-comercial de los vientos se propagó luego a tierras escocesas y británicas traída por los visitantes vikingos, donde las "bean feasa" —mujeres sabias— o simplemente las brujas locales vendían cuerdas anudadas a los pescadores antes de sus salidas al mar. En Escocia hay registros de juicios por brujería de los siglos XVI y XVII donde la acusación específica era haber vendido nudos de viento a marineros. El caso más famoso es el de las brujas de North Berwick, en 1590, donde entre los cargos figuraba haber intentado hundir el barco que transportaba al rey Jacobo VI de Escocia mediante manipulación mágica del clima.
Desde allí continuó su expansión atlántica llegando a las costas de Galicia y la actual Portugal, desde donde penetró en el Mediterráneo hacíéndose especialmente fuerte en la isla de Malta.
Ojos Pintados en la Proa
Esta superstición es la única que podríamos decir es genuina de origen religioso institucional, ya que nació como una práctica religiosa oficial de culturas fuertes, que luego descendió hacia la tradición popular marinera y sobrevivió milenios después de que las religiones que la originaron desaparecieran.
Es, además y probablemente, la superstición marinera con mayor continuidad temporal documentada de todo el corpus occidental; tiene unos cinco mil años de historia ininterrumpida.
La práctica es bastante simple: consiste en pintar un ojo —a veces un par— sobre las bandas del casco a proa, a ambos lados de la roda. La creencia subyacente es que el barco así equipado puede "ver" su propio camino, detectar peligros, y navegar con la protección activa de esa mirada.
La formulación como que "trae buena suerte" es en realidad una simplificación moderna de algo más complejo; los ojos "guían y protegen activamente". La distinción es importante porque cambia el mecanismo mágico involucrado.
Los ejemplos más antiguos conocidos son egipcios, datados hacia el 3000 a.C. Las embarcaciones del Nilo llevaban el **ojo de Horus** (*wedjat*) pintado en la proa. El ojo de Horus era en la cosmología egipcia el símbolo de protección por "wedjat", que era el ojo que fue arrancado a Horus en su combate con Set y restaurado por Thoth, convirtiéndose en símbolo de sanación, integridad y protección divina. Ese ojo le permitía al barco ver los peligros ocultos bajo el agua. Es decir, no se lo entendía como un amuleto, sino más bien como un instrumento —sobrenatural, pero instrumento al fin—.
Los fenicios, los grandes navegantes del Mediterráneo antiguo, adoptaron y expandieron la práctica. Sus barcos llevaban ojos pintados en la proa, y a través del comercio la difundió por todo el Mediterráneo entre los siglos X y VI a.C.
En la Grecia clásica la práctica estaba completamente institucionalizada. Los ojos en la proa, llamados "ὀφθαλμοί" —léase como "ophthalmoi", que literalmente significa "ojos"— eran un elemento estándar de la construcción naval, Todos los barcos salían del astillero con sus correspondientes ojos. De hecho, Tucídides, Aristófanes y otros autores mencionan los ojos como elementos tan naturales en los barcos como las velas o los remos. Hay además un elemento lingüístico que da base a esa naturalidad: en griego antiguo, la proa de un barco se llamaba a veces simplemente "prosopon" que es la misma palabra que designa el rostro humano. El barco tenía cara y, lógicamente, los ojos eran parte de ella.
Roma heredó la práctica de Grecia, sus naves romanas llevaban "oculi" —ojos— en la proa, documentados en mosaicos, relieves y monedas. Con la expansión del Imperio la cosa llegó luego a todas las costas del Mediterráneo y del Mar del Norte.
Lo notable es que sobrevivió intacta a la cristianización del Imperio. La Iglesia, famosa por haber intervenido en prácticamente todas los rituales y prácticas de otras creencias, no logró erradicar los ojos de proa.
Luzzus malteses.
Los "luzzus" malteses merecen mención especial.
Malta es geográficamente el punto de mayor continuidad cultural del Mediterráneo antiguo, esa isla era el epicentro donde se cruzaban fenicios, griegos, romanos, árabes y normandos, y sus botes de pesca tradicionales llevan hoy exactamente el mismo ojo que llevaban las embarcaciones fenicias hace tres mil años, con el mismo nombre "għajn" —"ojo" en maltés—, la misma posición en la proa, y la misma justificación funcional.
Son la prueba más perfecta de la historia de esta superstición en el Mediterráneo.
Del otro lado del mundo, los juncos chinos llevan también ojos pintados en la proa desde al menos el siglo V a.C., en una tradición completamente independiente de la mediterránea. Y, a su vez, las embarcaciones de pesca tradicionales de Sri Lanka y el Sur de la India llevan ojos bastante elaborados, con pestañas y cejas pintadas, práctica que persiste hasta hoy.
Bautismo de Neptuno al Cruzar el Ecuador
Más que una superstición, este es algo que los antropólogos llamarían un "rito de paso institucionalizado", con todos los elementos estructurales que eso implica: iniciación, prueba, muerte simbólica y renacimiento, y una comunidad que valida el cambio de status.
Y es además la única práctica del corpus que sobrevivió hasta el presente en forma oficial e institucionalizada dentro de las fuerzas navales de múltiples países, incluyendo la Armada Argentina.
La ceremonia se realiza cuando un barco cruza el ecuador, y tiene dos categorías de participantes perfectamente definidas: los "polizones" que nunca han cruzado el ecuador, y los "veteranos" que ya lo cruzaron anteriormente y que administran la ceremonia.
El ritual implica la aparición de Neptuno a bordo, representado por el marinero más veterano o de mayor rango que haya cruzado el ecuador, con su corte: Amphitrite su reina, el médico real, el barbero real, y varios personajes secundarios. Los polizontes son sometidos a una serie de pruebas, humillaciones rituales y finalmente bautizados con agua de mar, tras lo cual pasan a ser veteranos con todos los derechos y privilegios correspondientes.
Ceremonia del cruce del ecuador de la Fragata Libertad.
El primer dato analíticamente importante acerca de su origen es que el ritual es más antiguo que su forma actual. Las referencias más tempranas documentadas no mencionan a Neptuno sino a otras divinidades marinas, lo cual sugiere que el rito existía antes de que se fijara en la figura del dios romano.
Los registros más antiguos conocidos datan del siglo XVI y aparecen en diarios de navegantes portugueses y holandeses. En esos registros el ritual se realizaba al cruzar el Trópico de Cáncer, el Trópico de Capricornio, o incluso al doblar el Cabo de Buena Esperanza o el Cabo de Hornos. Lo común a todas las versiones era el concepto de cruzar una frontera geográfica significativa.
Actualmente, la práctica aparece en prácticamente todas las tradiciones marineras con variantes locales.
En la tradición británica, la figura central es el Neptuno con su corte elaborada. La ceremonia tiene elementos teatrales muy desarrollados y puede durar horas. En la tradición escandinava se apela, además de Neptuno, a divinidades marinas nórdicas. Los franceses utilizan elementos específicamente galos incluyendo referencias a Proteo. Los españoles y portugueses, que fueron los primeros que cruzaron el ecuador, agregan elementos que sugieren alguna fusión con rituales de iniciación gremial de los calafates y carpinteros de ribera.
En la Armada Argentina: la ceremonia está institucionalizada y documentada. Los buques que cruzan el ecuador realizan la ceremonia con protocolo establecido, y los marineros reciben un certificado oficial que acredita su condición de veteranos del ecuador.
En sus versiones históricas, la ceremonia podía incluir elementos violentos, tales como golpes, inmersiones forzadas, consumo de sustancias desagradables, afeitados no consentidos. Hay registros del siglo XIX y principios del XX de ceremonias que resultaron en lesiones serias y al menos algunas muertes.
A partir de la segunda mitad del siglo XX las armadas comenzaron a regular y suavizar la ceremonia, eliminando los tratos peligrosos.
Bautismo del Barco con Champagne
El rito existe y es antiguo, pero su forma actual es en gran medida una adaptación a los tiempos modernos, más bien cinematográfica.
Las culturas mediterráneas antiguas —griega, romana, fenicia— realizaban libaciones de vino al botar una nave, dirigidas a Poseidón, Neptuno o a divinidades protectoras del mar. Básicamente, y para resumirlo, el ritual ofrecía algo valioso a una entidad sobrenatural para obtener su favor.
Bautismo del yate.
La imagen icónica de la "madrina" rompiendo una botella de champagne contra el casco es sorprendentemente reciente. Se consolida en el siglo XIX, asociada a las botaduras navales británicas y estadounidenses, y el champagne específicamente se impone por razones de prestigio social más que por respeto de una tradición marinera. Antes se hacía con otras bebidas; por ejemplo, la Royal Navy usó vino durante siglos y cambiaron por el champagne en la época victoriana. En Estados Unidos hay registros de botaduras con whisky y hasta con agua del río Mississippi.
La figura de la "madrina" que bautiza la nave introduce una dimensión de género interesante, pues es indispensable que sea una figura femenina la que ejecute el rito para asegurar la bendición de los dioses. Esto contradice, nuevamente, la afirmación de que las mujeres traían mala suerte.
Existe la creencia de que, si la botella no se rompe al primer golpe, es mal augurio para la nave. Esto es un añadido supersticioso sobre el rito mismo, sujeto a múltiples interpretaciones y, a fin de cuentas, subsanable porque está permitido reintentar la rotura de la botella.
En cuanto a su clasificación, podría colocárselo dentro del grupo de los ritos de paso. La embarcación transita de un estado de objeto anónimo, de ser una mera cosa sin identidad, a ser una nave hecha y derecha con nombre, personalidad jurídica y simbólica. Los testigos y la madrina del bautismo cumplen exactamente esa función, certifican frente a la comunidad marinera el ingreso del buque a este colectivo.
Supersticiones Discutibles y Exclusiones
En esta sección agruparemos a aquellas supersticiones que nacen de malas interpretaciones o que, por su construcción o raíces, son verdades en sí mismas.
Las Mujeres
Aun se escucha aquella frase que decía que era de mal augurio llevar mujeres a bordo de un barco, sin embargo, ningún marinero bien formado reconoce esa como una superstición válida, pues las mujeres no solo han viajado durante siglos a bordo de todo tipo de embarcaciones sin que nadie invocara que eso traería "mala suerte", sino que además la imagen de la mujer es en muchas de las creencias y ritos supersticiosos el medio que garantiza la comunicación con todo el elenco de deidades a cargo del destino en los mares, garantizando con su figura la atención y benevolencia divina.
La Sra. Tapley usando un sextante, a bordo de un barco.
La mujer está presente en la vida de un barco desde su nacimiento. Es la encargada de oficiar de "madrina" durante el ritual de bautismo y quien pone la cara ante Poseidon y Neptuno desde los mascarones de proa. Y son diosas mujeres las que protegen a los navegantes: Isis para los egipcios, Afrodita y Venus, nacidas del mar y convocadas por los griegos y romanos para que los protejan en sus largas travesías, y por supuesto, Stella Maris, patrona de los marineros en la tradición católica.
Lo que probablemente ocurrió es que una práctica o condición impuesta —una orden o instrucción— haya adquirido a través del tiempo un revestimiento supersticioso para justificarla, especialmente cuando esa condición es interpretada por personas que desconocen el contexto que le ha dado origen.
Para explicarlo más claramente podemos apelar a la exclusión de las mujeres de los buques de guerra de antaño, que se lo hacía por razones bastante concretas: dentro de esos cuerpos militares no había roles previstos para mujeres, al igual que tampoco los había en un ejército de tierra de la época, básicamente porque la guerra era un asunto de hombres —al igual que lo era la herrería, la carpintería y otras tantas actividades donde no participaban mujeres—. Aun así, en situaciones de paz, las esposas de los oficiales y otras damas era aceptadas a bordo y podían viajar en los buques de guerra. Fuera del entorno de la oficialidad, que comprendía las razones de la normativa, era suficiente que alguien dijera que no se permitían mujeres a bordo porque traían mala suerte, para que ese comentario se propagara como una superstición, que se caía por sí misma por lo dicho: en los buques de pasajeros y los de carga que hacían las rutas comerciales, siempre viajaron mujeres, niños, hombres y mascotas, sin que ningún oficial, marinero o el personal de tierra mencionase algo en contra de ello.
Cielo Rojo en el Horizonte al Anochecer, Buen Tiempo
Cuesta definir a esta como una superstición cuando tiene una raíz física claramente real. La calificaríamos más bien como un refrán.
El enrojecimiento del cielo al atardecer en dirección Oeste —que es desde donde se mueven las masas de aire y los vientos en las latitudes medias— indica que la atmósfera a barlovento es seca y sin nubes altas que filtren la luz. La luz rasante del sol atraviesa una columna de aire más larga; las longitudes de onda cortas —las azules— se dispersan y predominan las largas —las rojas y naranjas—. Dicho de otra forma, un cielo de tonos rojizos sobre el horizonte, al Oeste, al anochecer sugiere aire limpio y estable moviéndose hacia la posición del observador.
Cielo rojo al anochecer, por el Oeste.
Por el contrario, el cielo rojo al amanecer, sobre el Este, indica que el aire seco ya se está yendo, dando lugar a la entrada de aire húmedo y precipitaciones por el Oeste.
El refrán tiene uno de los registros escritos más antiguos de toda la tradición marinera; en la Biblia, en Mateo 16:2-3, donde Jesús dice —en el contexto de la disputa con los fariseos— algo equivalente a "Al atardecer decís: buen tiempo, porque el cielo está rojo*; y a la mañana: habrá tormenta, porque el cielo está rojo y encapotado". Esto sitúa la observación en el Mediterráneo oriental del siglo I, ya como parte del saber popular.
En tierras británicas cristalizó con una definición similar: "Red sky at night, sailor's delight; red sky in morning, sailor's warning" —"cielo rojo al anochecer, alegría para el marinero; cielo rojo al amanecer, advertencia para el marinero"—. La formulación en verso facilitó su transmisión oral y su adopción universal en la cultura marinera anglófona, pero versiones análogas existen en castellano, francés, italiano, neerlandés y árabe, lo que sugiere una observación independiente y convergente en varias tradiciones costeras.
Las Bermudas Rojas
Bermudas rojas.
Hemos escuchado varias veces que vestir bermudas rojas es de mala suerte, sin embargo, esta superstición es falsa.
En realidad, en la tradición marinera de ciertas costas de Europa y America del Norte, las bermudas rojas son una insignia que solo los navegantes que han cruzado el Atlántico pueden llevarlas.
En Francia se respeta con celo; ver a alguien con ellas en un club de vela es reconocer que ese marinero ha pasado semanas sintiendo el océano abierto. Usarlas sin haber logrado esa meta es considerado una falta de respeto a quienes sí merecen llevarlas. Los despistados que se ponen bermudas rojas —no hay un color Pantone exacto, vale cualquier tono entre un rosa oscuro y un bordó claro— se arriesgan a ser tratados con sonrisas irónicas o, directamente, ignorados.
Otras Tradiciones Marineras
Estas otras tradiciones no son necesariamente para convocar a la buena suerte, son más bien para cumplir con rituales que historicamente se realizaban en tripulaciones de los grandes buques de vela, desde el siglo XVIII en adelante.
El Primer Trago es Para las Aguas
Cuando se abre una botella de alguna buena bebida, particularmente en cubierta, el primer sorbo siempre se ofrece a las aguas.
Es un tributo simbólico a Neptuno, que nos ha permitido llegar hasta ese punto.
Hacer Sonar la Campana
Actualmente, la campana permanece estibada en algún pañol, con su badajo vendado para evitar que haga ruido. Ya no se la usa para marcar los cambios de guardia, pero es una linda tradición a seguir haciéndola tañir para anunciar la llegada a puerto.
Cantar al Levar el Ancla
Tradicionalmente, se entonan canciones marineras mientras se subía el ancla nuevamente a bordo; era una manera de acompasar la maniobra para aligerar el esfuerzo cuando se lo hacía empujando los cabrestantes a mano.
Hoy, el ancla se levanta presionando un botón o levantándola a mano con la cuarta parte de la fuerza de una persona, pero eso no quita que podamos cantar algunas estrofas de una canción preferida.
Bautismo del Viento
Esta es absolutamente practicable. Cuando alguien navega por primera vez, suele recibir el timón para "sentir el viento", en una especie de rito de paso de pasajero a tripulante.
Luego de eso, como corresponde, debe congratularse al nuevo marinero, y brindar con él, obviamente, una vez que haya soltado el timón.
El Brindis de Fondeo
Cuando el ancla cae y el barco queda asegurado, la tripulación suele abrir una botella y brindar. Es un gesto de agradecimiento, casi un pequeño ritual de paz tras la tensión de la maniobra.
Si la botella es de alguna bebida de calidad, no hay que olvidar que el primer sorbo es para las aguas.
El Ron del Capitán
Al llegar a puerto o cerrar la jornada, el capitán debe invitar la primera copa.
El Novato Limpia Cubierta
Cuando alguien navega por primera vez, puede ser requerido para baldear la cubierta o hacer alguna tarea extra.
No debe ser impuesto como un castigo ni tratar al novato como un esclavo, en todos los casos la tarea debe ser impuesta en tono humorístico, como un bautismo de llegada a bordo.
La Bitácora Firmada
El cuaderno de bitácora, que antaño era un documento oficial de navegación, se transforma ahora en un libro de recuerdos.
En ese sentido, vale invitar a los tripulantes e invitados a que lo firman al final de la travesía, dejando su huella en la historia del barco.
Es también una buena forma de obligarse a uno mismo a continuar llevando adelante las anotaciones en el libro de bitácora.
catálogo del New Zealand Maritime Museum, ni en Wikipedia's Sailors